Los hilos del tiempo

Cuando estaba en la secundaria solía ayudar a mi padre en su sastrería por las tardes. No era raro que me mandara a los almacenes del centro a comprar algún material que necesitara. En especial en julio, su mes más atareado.

En alguno de esos recorridos descubrí una tienda de telas que no había visto antes. No sabía mucho sobre textiles, pero lo que ofrecían me pareció lindo y encantador. La dueña me recordaba a alguien, sin embargo, no sabía con certeza a quién. Ella me sonrió y me trató como si ya me conociera. Le compré un par de retazos con mi dinero; quería llevárselos a mi padre y ver si le podría ser útil la mercancía de aquel local.

A él le gustaron las muestras y nos volvimos clientes habituales de aquella señora. Con el tiempo nos tuvimos que mudar y la dejamos de ver.

Por más que me esforcé nunca logré ser muy habilidosa en la confección de prendas; al menos no como mi padre. Lo mío eran las ventas, así que opté por abrir mi propio negocio de telas.

Hoy entró a mi local una joven idéntica a mí yo adolescente y entendí a quién me recordaba aquella señora.


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