112
112 Votos

Sus fans enloquecían al verla: algunos buscaban desesperadamente un autógrafo en sus ejemplares, y otros, como si se tratara de una rockstar, querían abalanzarse sobre ella para pedirle una fotografía. Para la prensa resultaba insólito que una escritora del siglo XXI generara semejante fervor. “Vivimos en una época en la que la lectura ya no tiene el peso de otros tiempos”, aseguraban algunos periodistas y, sin embargo, cada vez que ella presentaba un libro o asistía a una convención literaria, las salas se llenaban tan sólo por verla. Sus novelas, aunque fantasiosas, representaban pensamientos y valores tan humanos que los lectores no podían evitar reflejarse en ellas: pequeños monstruos de letras que parecían sobrepasar la ficción por la intensidad con que estaban narradas. Ella era, como la bautizó un crítico literario, la Prometea de la novela.

Sin embargo, a pesar de la fama y del gran reconocimiento que había obtenido en el mundo de la literatura, Prometea guardaba un secreto doloroso que no le permitía ser feliz. Durante varios años había intentado ser madre: numerosos habían sido los tratamientos e intentos por concebir un hijo, pero cada vez que lo intentaba algo salía mal. Ante tales circunstancias, su matrimonio se fue deteriorando hasta desembocar en el divorcio y su familia, aunque reconocían su fama, la veía como una pobre mujer fracasada. Como Prometea ironizaba: “En esta sociedad, el éxito de una mujer se mide por un anillo y una cuna, nunca por lo que construye con su mente.”

Lo curioso era que, mientras fracasaba en su sueño más íntimo, las novelas brotaban con la fertilidad que no encontraba en su vientre. Su mente era el útero que hubiera querido para concebir un hijo de carne y hueso. Así que un día pensó que, si sus lectores apostaban porque sus historias podían sobrepasar la barrera entre la ficción y la realidad, ella también podría construirse un hijo de tinta y papel. Decidida a escribir una novela que narrara la historia de su hijo ficcional, se embarcó en un viaje lejos de todas las expectativas familiares y del mundo de la fama. Se refugió en una vieja cabaña, cerca de un hermoso río que había pertenecido a su abuela, y ahí comenzó su trabajo.

Cada día que pasaba, Prometea se empeñaba en diseñar, a través de los personajes literarios que más amaba, a su primogénito. Recorrió las cualidades de cada héroe y tomó de ellos sus rasgos más emblemáticos: la astucia de Odiseo para enfrentar cualquier tormenta; la piedad de Eneas, que siempre vuelve la mirada hacia quienes ama; la fuerza de Hércules, no como una cualidad destructiva, sino como aquella que sostiene y protege en los momentos más difíciles; la ternura de Sancho, capaz de acompañar incluso en la locura; la sensibilidad de Werther, que escucha y observa; y la nobleza de Amadís, dispuesto a proteger a quienes guarda en el corazón. Con cada rasgo que añadía, Prometea imaginaba a un hijo que, más que fuerte, sería capaz de amarla: un niño tejido con los retazos de todas las historias que habitan el mundo y que la habían salvado en tantas ocasiones.

Pasaron los días, y estos se convirtieron en semanas y luego en meses. Su familia la buscaba para saber cómo se encontraba —para ellos no era seguro que una mujer sola anduviera por ahí sin compañía—, y sus fans, que siempre esperaban aunque fuera la publicación de algunos cuentos, estaban atentos a cualquier novedad que pudiera aparecer. Sin embargo, Prometea no se presionaba por terminar pronto ni por regresar a casa. Había tomado la clara decisión de concluir esa novela y lo haría con la pasión de quien de verdad está contando la historia de su hijo.

Después de narrar todas las aventuras del niño, y de que en su historia creciera hasta convertirse en un joven valeroso, una tarde se sentó a escribir el final. Ahí, en medio del bosque y entre sorbos de café, Prometea escribía y miraba entristecida las llamas de la chimenea. “¿De qué sirve que escriba esto si él nunca existirá?” La idea romántica y metaficcional de que un personaje existe porque habita la mente del escritor le parecía desgastada. Pero ese día, pese a su melancólica condición, no permitió que esa sombra persistente opacara sus ideas y narró el final:

“Después de haber derrotado al dragón, Esteban, el caballero, logró quitarse la armadura y curar sus heridas con el agua del río que circundaba una vieja cabaña. Miró las luces encendidas y le pareció un lugar acogedor y cálido, justo lo que necesitaba en esos momentos. Se acercó con paso cansado, pero decidido; tocó la puerta de madera, un eco resonó y entonces…”

…el silencio de la cabaña se vio interrumpido. Prometea se sobrecogió. Se dirigió hacia ella y, cuando la abrió, un joven con golpes en el rostro y algunas quemaduras en los brazos la miraba con la intensidad de un hijo que reconoce a su madre. Entonces Prometea supo que la historia había llegado a su fin.


¿Lo recomiendas? Vota ⬆️ Sí o No ⬇️

112
112 Votos

¿Cuál es tu reacción para esta lectura?

Profundo Profundo
0
Profundo
Impactante Impactante
9
Impactante
Genial Genial
5
Genial
Original Original
19
Original