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Mi problema es que siempre quiero quedarme más tiempo. Salir de la quietud de mis sábanas para entrar en el vértigo y desenfreno del mundo, en su rudeza, su cinismo, su desfachatez, ha sido con frecuencia una aflicción que precede a otras tantas. En primer lugar, la pesadumbre. Ese dolor que se arraiga al cuerpo desde la médula. Como si fuera un feto prematuro obligado a salir del útero sin terminar de formarme.

Obedecer al despertador ha sido un suplicio desde que tengo memoria. No importa a qué hora lo configure o en qué momento caiga dormida la noche anterior, de manera invariable me cuesta despedirme del lecho. Permanecer más tiempo del que puedo permitirme en cama, por consiguiente, me ha hecho vivir pidiendo disculpas y soportar eternamente miradas reprobatorias. Si pudiera sincerarme en todos esos lugares a los que llego tarde, explicaría con calma el motivo: extraño demasiado el sitio en el que me encontraba como para ansiar llegar al nuevo.

En lo que respecta a ciudades, parece que también quisiera continuar más tiempo en ellas. Esas veces que me he mudado de estado vuelvo cada fin de semana a mi ciudad natal durante el primer año. También conservo las amistades que hice en la secundaria, y aunque trate de convencerme que el tiempo no hace más que alimentarlas, la verdad es que las empolva. Rechazo planes que quedan a la vuelta de la esquina por invitaciones hechas sólo por compromiso por viejos amigos que viven a seis horas de distancia.

Ahora, en cuanto a relaciones amorosas concierne, quiero, a su vez, siempre persistir. Aguantar más tiempo del que en realidad duran. Aprovechar (o agotar, dirían mis amigos) hasta el último atisbo de amor que quede. Recogerse en las caricias ya casi roñosas, saborear esas risas rancias y masticar las últimas confesiones que parecen, ya más bien, un saco de mentiras. Suelo vivir en los vestigios de una casa derrumbada durante meses antes de decidir marcharme. Pero hay algo en las ruinas que me acoge: esa estela de calidez que está por desaparecer pero que propiamente aún no lo hace. Ese último dejo de familiaridad, de confort y de tibieza que tiene el lecho matinal antes de abandonarlo, también se encuentra en las relaciones que agonizan.

La calma que brinda la seguridad de conocer un espacio. Saber dónde y cómo dejar caer el cuerpo, amoldarlo a la zona —o a la persona— allegada. Resguardarse en ese rinconcito ya apropiado. Quedarse en la cama a pesar de ir tarde se asimila a quedarse en una relación a pesar de que desfallezca. Se trata de estirar el tiempo. Valerse de la comodidad aunque el periodo ya no dé para más. Uno sabe que cada minuto adicional que se queda en el lugar será cobrado cuando salga de él. La cosa irá peor. De la cama uno tendrá que salir más aprisa, con más tropiezos. De la relación, más dañado, con más heridas. Pero la inercia, la seguridad, atrapan. Salir al mundo siempre da pereza. O angustia.

Pero hay que salir antes de que la cama se quebre o la casa se nos caiga encima. Tiempo después de tener en la mira los cimientos resquebrajados y tras presenciar el techo desvencijarse, no queda otra opción más que huir por una puerta que ya no tiene paredes alrededor de ella, tan sólo un marco tambaleante. Un umbral que nos expulsa de vuelta al mundo: a su farsa, su hostilidad, su escarnio. Ponerse la coraza para el diario. Si pudiera excusar mi incómodo comportamiento con las pocas personas que coincido, les confesaría que yo nunca quise salir a las calles. Es sólo que me quedé sin hogar. O más bien, me quedé más tiempo del que debía en un sitio que ya no era mi hogar.

 

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