Bajo la influencia de noviembre y de Juan Rulfo
Míralos ahora, cómo se han tragado lo que alguna vez fue nuestro. Lo sigue siendo, pero sé honesta, ¿te agrada lo que ves? Yo sé que no te gusta. Te has de acordar ahorita de nuestros días, primero de chiquillos correteándonos entre la maleza y la hierba crecida. Jugábamos tentando a la noche, aprovechando las últimas luces del día. De lo que ya no me acuerdo era de quién perseguía a quién, lo más seguro es que yo te seguía. De lo que sí me acuerdo es del olor del enjuague con que te bañabas, ibas a la tienda y lo comprabas en sobres, te perfumaba el pelo y era todo a lo que olías, ya no se hace ese enjuague desde hace mucho. De tanto perseguirnos en el baldío hasta nos enterregábamos, si te caías y te sangrabas tratabas de no llorar hasta que llegabas a tu casa, nunca lo hiciste frente a mí. Yo cuántas veces lo hice frente a ti, ¿qué habrás pensado de mí, Josefina?
Pero ya ves qué cambiado está todo, no vayas a creer que fue mi culpa, incluso años después de que te fuiste todavía había podido conservar el baldío como siempre fue. Me gustaba cuando llegaba tu tío de Atotonilco con la camioneta que levantaba la tierra de la calle y tú te mezclabas, desaparecías en el polvadero para ser la llorona. Gritabas y llorabas por tus hijos, las únicas veces que vi tu rostro afligido, aunque actuado. Siempre te dije que ahí fue cuando me agarró el amor por ti y tú siempre te enojabas conmigo, que yo quería que fueras una chillona, que tú no llorabas porque estabas harta de que tu hermana llorara por todo. ¿Qué habrás pensado de mí cuando me veías llorar, Josefina?
Mira para donde está el cerro grande, ¿te acuerdas de que nos sentábamos en el tronco a comer naranjas con chile y a ver cómo se perdía su silueta en el cielo cada vez más negro? Las primeras veces dijiste que nunca lo dejabas de ver, seguía clarita su figura para tus ojos, y yo te dije mentirosa tantas veces hasta que te harté y quisiste dejar de verlo. Ese cerro en el que Mundo se perdió y lo hallaron ya todo magullado por los coyotes que según ahí rondaban y que tú ni yo vimos nunca, ¿o sí los viste? Nomás a ese cerro no nos lo van a poder quitar, ya quisieron hacerlo y salió el presidente municipal a decir que es un área protegida por los animalitos que ahí viven. Ojalá acá en nuestro baldío también hubieran habido animalitos. Pero al cerro lo taparon de nuestros ojos. Dime, ¿lo ves por encima de esa pared blanca, Josefina?
Voltea para allá, a donde estaba el arroyo. Al igual que los coyotes, sólo algunos dijeron haber visto pasar agua por ahí, pero nunca ni tú ni yo. Si vieras hoy cómo se atasca, lo tuvieron que hacer más ancho y taparlo por encima porque empezaba a desbordarse y entonces no podrían poner aquí estas chingaderas. Pero el agua es canija, ya vas a ver cómo no les va a gustar cuando les llegue a las rodillas, espérate tantito. Yo una vez bajé a ese arroyo, andaba bien borracho y a ti te habían llevado a Atotonilco porque tu tío se andaba muriendo. Bajé con Juan Carlos, ya era de noche y nomás nos veíamos el brillo de los ojos y oíamos nuestras carcajadas cuando nos resbalábamos en las piedras lisas. A lo mejor sí bajaba agua y nunca nos dimos cuenta. ¿Tú viste el agua verdad, Josefina?
Ahora ni cómo caerse. Las caídas nos sabían a tierra con sangre, ahora las gentes que andan aquí si se caen se destrompan con este cemento. Hacía calor también entonces, pero era diferente, mis papás no tenían para zapatos y al mediodía ni nos asomábamos, la tierra nos quemaba más que una lumbre. Y yo pensé que no había cosa peor, y ve ahora este suelo en que enterraron a nuestro baldío, parece que hierve. Lo bueno que nuestros hijos no se quedaron, no les dejaron ni un recuerdo a dónde volver, los criamos aquí igual que nos criaron a ti y a mí. Ahora ya no volverán y es mejor que ni vuelvan, para ver esto mejor no. Ve lo que hicieron. ¿Ahora sí podrás llorar enfrente de mí, Josefina?
No creas, todo esto no dura, no está hecho para que dure. Lo hicieron todo barato y al ahí nomás, le vieron la cara a los que pagaron por estas miserias. Nuestro baldío tampoco valía nada, pero era tierra que así quiso Dios que fuera, donde crecimos como perros. Lo único que me consuela es ver estas grietas, el calor abre, la tierra de nuestro baldío quiere respirar. Sepultaron nuestras tumbas, dos veces enterrados. Pero verás que un día todo esto se va a partir en dos, y esos chiquillos que ves aquí que todavía nacen traviesos, van a escarbar y descubrir debajo de esta costra nuestro baldío, si van más abajo hallarán nuestras tumbas y tal vez saquen nuestros huesos a orearse. Nunca será lo mismo de todas formas, pero estamos tú y yo. ¿Sientes ese sol que cada año viene más enojado? ¿Sientes aún esa noche en la que te envuelves para no llorar?
El baldío, ¿puedes recordarlo ahora, Josefina?
