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Mi tendencia a permanecer en un lugar más de lo habitual tal vez date desde los noventas, cuando iba al supermercado con mis padres y mi hermana. Ella y yo nos deteníamos en un pasillo larguísimo donde exponían los juguetes de niñas: Barbies, Polly pockets, Nenucos, Gabach patchs, Bratz. Una infinidad de cosas que no teníamos. Estaban, claro, envueltos en sus cajas, así que no podíamos sacarlos. Sólo nos quedábamos observándolos por un buen rato imaginado cómo sería jugar con ellos, hasta que mi madre nos llamaba porque iría a la zona de las carnes o la salchichonería. Mi hermana menor, con excelente oído y pobre empatía, se alejaba de mí rápidamente y seguía a mi madre sin decir pío.

Yo, con excelente capacidad para abstraerme en mis ensoñaciones y un pobre sentido de la orientación, me quedaba fantaseando con lo inasequible mientras mi hermana ya se dirigía al lugar donde la esperaban. Varada en la inmensidad de una jungla de electrodomésticos y comestibles, sin ver a nadie a mi alrededor, me abrumaba lo suficiente como para creer, entre lágrimas, que me quedaría a vivir para siempre entre los estantes que exhibían calzones XL para damas. 

Aunque sospecho que, en realidad, mi renuente actitud a despedirme tiene su origen en el suceso que antecede a todos los otros: al mundo, al parecer, también llegué tarde. Los médicos preveían que naciera alrededor de quince días antes de lo ocurrido, pero yo no quería abandonar la calidez y seguridad del vientre materno. Ese pequeño rinconcito rancio donde uno puede amodorrarse antes de atravesar ese primer umbral. Me pregunto si los bebés se sentirán intranquilos justo antes de nacer; justo antes de que el cuerpo de la madre, el único hogar que conocen, los expulse a un mundo hostil, donde lo primero que prueban es la violencia de un cirujano que los nalguea. 

Ese estado de intranquilidad que aparece poco antes de accionar, como abandonar la cama o abandonar una relación, produce un desamparo. Tenemos ahí la oportunidad de desprendernos (o no) frente a frente. Kierkegaard mencionaba ya que “la angustia es el vértigo de la libertad” (1982, p. 80). Una especie de atracción y repulsión a la vez, frente a algo, no obstante, indeterminado. Surge cuando nos encontramos delante de un abismo de posibilidades, pero nos sujetamos aún así a lo finito, a lo certero. Es una clase de libertad que está atada (1982, p. 82). No es miedo todavía, porque el miedo se dirige a un suceso específico. Es algo anterior a ello. Algo orientado a lo indefinido, lo desconocido. 

Ese desamparo que precede a la decisión amenaza nuestra seguridad. En él intuimos, a veces sin saberlo, que un cambio de estado se avecina. En algún lugar de nuestra mente perezosa sabemos que podemos salir de nuestra situación actual. Y ello inconscientemente atrae, pero también repele. Estamos anquilosados en la comodidad, la seguridad. La libertad angustia.

Ese tiempo que intentamos estirar. Esa estadía que prolongamos. Eso a lo cual nos agarramos frente al acantilado, es la certeza. Evitamos saborear el desarraigo que implica salir de la cama. O sentir la cualidad errante que se adhiere al cuerpo al marcharnos de nuestra ciudad. La orfandad que nos impregna al abandonar una relación. O la indefensión que nos invade  cuando estamos solos en un supermercado, o cualquier lugar amenazante. El desamparo que debe suponer nacer, empezar de nuevo. 

Kierkegaard proponía que lo único que da reposo a la angustia es —paradójicamente— lanzarse hacia ese abismo de posibilidades. Apostar. Avanzar. Pero dirigirnos hacia algo que todavía no podemos vislumbrar con total claridad requiere no sólo valentía, sino mínimamente encontrar un ápice de confianza, de convicción. Según el pensador, no se trata simplemente de dar el salto, más bien, darlo con fe. Dejar una ciudad con la creencia de que la siguiente nos sorprenderá o abandonar una relación con el convencimiento de que vendrá algo mejor. Tal vez lo que en realidad se nos dificulta o lo que nos aflige, no es despedirnos, es la incapacidad de confiar. 

 

Referencias: Kierkegaard, S. (1982) El concepto de la angustia. Espasa-Calpe. Madrid.


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