Y si vendo la casa…
Sí, eso es lo que hay qué hacer, vender esa casa para poder, entonces, primero, no dejar problemas y, sobre todo, disfrutar del dinero, porque si no, de qué servirá haber tenido las cosas para que otros vengan y las disfruten.
La cosa es que para venderla tengo que convencer a Juan, y me sale con todo aquello de que mis papás, de que el año que la construyeron, de que el dinero se acaba rápido… y una larga fila de trastes viejos de excusas, como cuando los tíos repartieron los platos de la herencia de uno en uno, para que nos quedáramos con pedacitos de recuerdos: de la Navidad cuando éramos chiquillos, de cuando la tía Martha le regaló a mi mamá la vajilla por los 25 años, de la que les dieron el día de su boda… y así, cada uno se fue cargando con un puño de flores diferentes en la orilla de los platos, y pensando si de veras aquellos recuerdos les pertenecían. Y se me hace que todo fue para entretener a los tíos grandes, mientras el hijo del tío Rufino se acabó quedando con la casa en Arteaga, que porque era abogado y se las había comprado a mis tías. Pues yo no sé.
Ya lo estoy escuchando… no, Raquel…
Podría tal vez, decirle que necesito su firma para lo del predial o para otra cosa, para así poder venderla por mi cuenta y cuando se dé por enterado, ya tenemos el dinero y lo invito siquiera a la ciudad de México que desde niños nunca visitamos de vuelta.
Podría preguntarle a mi amiga Verónica cómo le hizo, ya que el otro día nos dijo que vendió su casa en Metepec, pero que no salía porque la estaban deteniendo… y así atorada por más que la anunciaban; no se vendía.
Me contó que hasta su vecina enterró un San José en la jardinera donde estaba un álamo enfrente de su casa, que lo puso ahí porque era el santo de toda la familia para que la ayudara con la venta. Pero por si las dudas, también, luego, se pusieron y juntas hicieron un ritual en el que le pidió permiso a su papá para vender la casa –el señor ya se murió hace como 30 años–, que porque como él le había dado un dinero cuando se casó, ella se lo metió a esa casa, pues como para que estuviera de acuerdo. Yo eso le entendí.
Pues no sé si será fácil venderla. ¿Y si tengo que pedirle permiso a mis papás? ¿Qué pensaría mi viejo?, ¿y mi mamá? Eso sí podría ir haciéndolo desde antes de anunciarla para que cuando vean el anuncio salga más rápido. Y también le puedo enterrar a San Juditas, siempre le hicieron reliquia para el 28 de octubre.
Veo que ahora hay muchas casas que se venden por acá, dicen que es porque esta zona es de gente vieja que ya no puede sostenerse ni a sí misma. Pero, aunque se vendan muchas, nada se pierde con buscarle.
Cada que voy a misa aparece un nuevo difunto en la lista, muchos más chicos que yo. Ya siento que, como decía mi tía Tenchita, tenemos “un pie en la sepultura y otro en una cáscara de plátano”. Así que mejor a dejar de estar sacando cada tarde las sillas para que nos dé el aire en este calorón, mejor agarramos un tour como hacen las maestras jubiladas y vamos conociendo tanto lugar bonito que hay en México.
Yo creo que sí sería muy bueno vender la casa, más ahora que están haciendo un camino más ancho aquí cerquita porque la ciudad crece y crece.
Le puedo decir a Juan: sería bueno vender la casa, irnos a andar.
Los días se van haciendo cada día más largos, y puro trajín y muchas dolencias.
A lo mejor un buen momento es cuando saquemos las sillas en la tarde, con esta canícula no se aguanta adentro… así le voy a decir, sin miedo, nada más, “Juan, vamos a vender la casa”.
